terça-feira, 12 de fevereiro de 2013

Duos habet et bene pendentes



“Soy perseguida como un lobo entre el rebaño de corderos. No soy un lobo; soy la palabra, el espíritu y el poder”[1]
(Profetisa Maximilia S III d. C)

Cuando era niña creía en el Dios todopoderoso, en la inocua Virgen, en los santos y en las santas (lugar al que condescendientemente la Iglesia relegó a sus guerrerxs), en los ángeles, esa especie de jipis del paraíso, en el demonio claro (en mis círculos de socialización se decía demonio, no diablo) en el cielo, en el infierno… sabía que la concupiscencia, la lujuria, la voluptuosidad, lo libidinoso y la lascivia eran malísimos… y que quizás por eso nadie me los quería ni explicar.

Recuerdo que un día, a los once años, decidí racionalmente que ya no creía en Dios ni nada que lo acompañara. En cuanto empecé a tener conciencia política, se me fue la espiritualidad por arte de magia. El republicanismo, no sé si innato, no sé si genético, no sé si agazapado los domingos por la mañana de los catequesis a la espera de su oportunidad, sustituyó a toda la parafernalia católica y me hizo aborrecer todo su repertorio: los rezos, las imágenes piadosas, el dogma, el discurso… fue como cambiar de pandilla de amigxs… menos traumático incluso. Desde entonces, y hasta hace bien poco, siempre leí las religiones a través de parámetros, lo reconozco, excesivamente estrechos.

Sin embargo, en el alma creo. El alma existe. Lo sé porque me dolió un día de 2011 cuando vi por televisión la imagen de aquellas cuatro monjas en la Sagrada Familia limpiando afanosamente la mierda que el Papa se había dejado en su altar. Ahí comprobé, indignada por lo que veía,  que todo el dispositivo cultural del cristianismo no me había abandonado nunca. Al contrario, me sentía muy concernida por la humillación que me provocaban esas monjas devotas y la indiferencia de los curas, papa y obispos de alrededor.

La relativa suerte de haberme ausentado de la religión a los 11 años es el poder releerla ahora desde muchas ópticas diferentes.

El debate sobre el papel de las mujeres en la iglesia es antiguo. Tanto como el propio cristianismo. Una relectura feminista habla de unos orígenes muy igualitarios según los cuales, las prédicas de Jesús se enfrentaban al estatus inferior que las culturas griega, romana, hebrea, celta y germánica habían designado para las mujeres. Los libros del nuevo testamento que tratan de los años inmediatamente posteriores de la muerte de Jesús: Los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas ofrecen ejemplos de mujeres que actúan como iguales dentro de la nueva fe. Entre los Gnósticos del Norte de África, por ejemplo, había mujeres sacerdotisas que dirigían oraciones y bautizaban. Se conocen escritos de los gnósticos hacia el siglo II dC en los que reforzaba el papel activo de las mujeres y afirmaban la naturaleza bisexual de Dios.  

Pues, yo soy el principio y el fin,
Soy la honrada y la escarnecida,
Soy la ramera y la santa,
Soy la esposa y la virgen,
La [madre] y la hija[2]

Sin embargo, también en el mismo Siglo II  ya andaba Orígenes, uno de los llamados Padres de la Iglesia, diciendo que el alma estaba dividida en dos partes; una masculina y otra femenina, de las que se derivaban cualidades masculinas y femeninas siendo las primeras superiores a las segundas. Entre estas dos originales interpretaciones comparadas (la de Orígenes y los Gnósticos) adivinen cuál trascendió y permaneció al paso de los siglos. Según esta regla de tres de Orígenes, la diferencia entre hombres y mujeres debería hacerse visible para resaltar los atributos de cada uno y el justo lugar en el que se deben situar machos y hembras. Así, en el mismo siglo, Clemente de Alejandría recomendaba  a las mujeres llevar velo y a los hombres barba, para recalcar la diferencia entre los sexos. Y para que la disparidad quedase bien clara, añadía que “la característica del hombre era la acción y la de la mujer, la pasividad”[3]

Con ánimo de llevar la contraria a Clemente, las imágenes más poderosas que se conservarían en los primeros siglos de fe cristiana fueron los retratos y las leyendas de las mujeres que se convertirían en mártires durante las persecuciones del Imperio Romano. Ellas serían heroínas y modelos de independencia y fortaleza para las generaciones futuras: Perpetua de Cartago relataba un sueño que tuvo en la cárcel, en donde amamantaba a su hijo,  antes de ser martirizada.

“Mis vestidos estaban desgarrados y de repente yo me convertía en un hombre… Mis ayudantes empezaron a frotarme con aceite, como suelen hacer antes del combate… Nos acercamos y dejamos volar nuestros puño. Mi adversario intentaba cogerme de los pies, pero yo le golpeé en la cara con el talón… Cayó de bruces con el rostro hacia el suelo y le pisé la cabeza… empecé a caminar triunfante hacia la puerta de la vida. Entonces me desperté”[4].

Pero aún a pesar de los siglos de martirio, de valentía, de independencia, las mujeres no pudimos hacer nada contra la interpretación interesada del mito de Eva que perduró hasta nuestros días. Tertuliano lo enuncia ya hacia el año 200 acusándonos a todas, des- singularizándonos y convirtiéndonos así en el magma homogéneo del pecado: “No sabéis que cada una de vosotras es Eva?”

El mito de Eva da pie a interpretar la “naturaleza femenina” a través de una contradicción muy simplista (es a la vez débil y a la vez perversa y poderosísima seductora) que en lugar de cuestionar los atributos asignados a las mujeres, los refuerza como nefastos, lo que justificará su exclusión de todos los puestos de responsabilidad y autoridad que en principio habían disfrutado. 

Se dice que una vez hubo una papisa (o una papa, o una mama, por qué no?) que desde muy joven se paseaba por Constantinopla, por Atenas, por Germania y finalmente por Roma a lo Bárbara Streisand en Yentl, vestida de hombre en medio de todos los eruditos. Tan lista era que, sin darse cuenta la hicieron papa, y así fue durante un tiempo, entre el 872 y el 882.  Un buen día se descubrió el percal, cuando dio a luz en público; no se sabe si sobre un caballo (a quién se le ocurre) o en un callejón entre el Coliseo y la Iglesia de San Clemente. Según una crónica de Jean de Mailly: Chronica Universalis Mettensis, fue “encadenada por el pie a la cola de un caballo, arrastrada y lapidada por el pueblo durante media legua”[5]

Me toca hacerme la pregunta obligada; y ahora que los papas vuelven a poder dimitir, ¿por qué no podemos volver a tener una papisa?






[1] Citado en Fiorenza, en Ruether McLaughlin, eds., pp 41-42. En Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (2009). Historia de las mujeres. Una historia Propia. Crítica. Madrid. Pp (91-108)
[2] Citado en Elaine Pagels, The Gnostic Gospels, Nueva York, Random House, 1979. p. XVII. En Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (2009). Historia de las mujeres. Una historia Propia. Crítica. Madrid. Pp (91-108)
[3] Citado en Prusak en Ruether, ed., Religion and sexism, p 103. En Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (2009). Historia de las mujeres. Una historia Propia. Crítica. Madrid. Pp (91-108)
[4] Citado en Lefkowitz y Fant, p 266. En Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser (2009). Historia de las mujeres. Una historia Propia. Crítica. Madrid. Pp (91-108)

[5] Fuente: Wikipedia: Papisa Juana: http://es.wikipedia.org/wiki/Papisa_Juana

quarta-feira, 16 de janeiro de 2013

Saldremos de rojo



En la página “El BOE nuestro do cada día” leía ayer una entrada que recogía la composición del nuevo Comité de Bioética de España, cuya renovación de sus doce miembros cada cuatro años se explicitaba en el BOE de ayer. Entre otras cosas, este órgano consultivo tendrá como atribución emitir un informe sobre la reforma de la Ley del aborto promovida por el ministro Gallardón. Según las pesquisas de El BOE nuestro de cada día, al menos 7 de los 12 miembros se han declarado antiabortistas y dos de ellos impulsaron el manifiesto contra la Ley del aborto socialista en 2009.

Otro clic buscando actualidad me lleva a una página de Le Monde: “Congelar sus ovocitos, la esperanza del reloj biológico”. Inmediatamente me rechina tanta maternidad obligatoria. Parece exagerado encontrar al primer pantallazo del día estas dos noticias consecutivas como primer impacto de actualidad. Según Le Monde, esta tecnología sería "une manière révolutionnaire de contrer les effets dramatiques du temps sur la fertilité des femme"  

Recordé entonces a Verena Stolcke, que teorizaba magistralmente sobre mi desazón, en su texto “El sexo de la biotecnología”: “las biotecnologías, impulsadas por el determinismo genético pueden tener graves consecuencias para las mujeres debido a las posibilidades que estas técnicas prometen para la procreación humana alentados por los intereses y deseos configurados por las relaciones de poder y género vigentes (…) aunque las nuevas tecnologías conceptivas y contraceptivas han brindado a las mujeres al menos en los países ricos mayor libertad para decidir sobre nuestros cuerpos, al mismo tiempo refuerzan la maternidad como responsabilidad y destino de las mujeres”

Un poco más tarde, y sin habérmelo propuesto, encuentro otra noticia para cerrar el círculo: "Una salida blanca y radiante de la crisis". Siempre mucho más folclórico y simplón, el cada vez menos periódico de referencia de la izquierda socialdemócrata, nos anima, en sus páginas culturales, a salir de la crisis de blanco, como si cubriéndonos de la gloria del divino sacramento pudiéramos las mujeres (objetualizadas, ya sin metáforas, como maniquíes) dar la vuelta a este loco mundo sin salir de las paredes de la domesticidad.

Señores; no saldremos de la crisis de blanco. Saldremos de rojo.

Otra vez, como tantas veces en la historia del capitalismo, nuestra sexualidad y libertad de deseo habrán de ser sacrificados y puestos al servicio del motor de la producción, que devolverá a los “male bread winners” a aquel estadio vital soportable anterior al desastre económico. Y todo ello gracias a nuestro aspecto de radiante ángel del hogar en los altares de la heteronormatividad biológica y social.

El discurso de la domesticidad se muestra ya sin ambages; y es que el esencialismo del mito del reloj biológico no parece un mal anticuerpo contra el supuesto sinsentido y apatía del desempleo. Ante las puertas de la realización cerradas a cal y canto, el destino biológico parece una salida más que digna.

Determinismo biológico, heteronormatividad obligatoria, deseo disciplinado, normalidad sexual, maternidad maximalista, naturalización de la feminidad, separación tradicional de roles y esferas… esto es lo que subyace en la actualidad hoy en día, en este mismo momento histórico.Nunca el biopoder había sido tan extravagantemente exhibicionista.

Pero muchas, (y somo muchas!), seguimos obstinadas en que con hijxs o sin ellxs, saldremos de rojo, y con libre elección.





quinta-feira, 3 de janeiro de 2013

Salir del armario con gafas de género- hombre



¿Por qué rechazar los acontecimientos? Tener mucho al mismo tiempo, sentir de varias maneras, reconocer la vida en diversas fuentes… ¿quién le puede impedir a alguien vivir ampliamente?
Clarice Lispector. Cerca del corazón salvaje.


En la cafetería del tren, de pie frente al ventanal viendo pasar el río con un libro y un café gozando de la euforia de ir viajando sola, una mirada masculina se sitúa justo detrás, a un metro de distancia, observando el paisaje a través (¿?) de la misma ventana.

¿Por qué la euforia se repliega?, ¿por qué mi centro de atención se desplaza al hombre como si fuera un imán?
-“Quizás esté observando realmente el río y las montañas”.
Sé que no.
Con los años he aprendido a pensar como una mujer, me he hecho una de ellas a base de aprender inseguridades que se desprenden de esas seguridades perversas (sé que sí, sé que no…)
En el momento en que la mirada masculina entra en escena, todo se vuelve pesadamente carnal. Mis circunstancias reducidas a mi cuerpo, no a mi yo. El sentido de mi existencia se desplaza y la vivo a través de un completo desconocido que además es un incordio.

No necesito compartir una sesión de terapia observándome el coño en un espejo y creer así descubrir mi mismidad y el hecho de ser mujer. Lo siento todos los días en los que alguien o algo me posiciona en la escala de valores del patriarcado a la que soy [conscientemente] rebelde.

Las mujeres llevamos a cuestas la existencia y no existencia de todxs, más que la nuestra propia. Esa roca sólo puede ser arrastrada en leeeeento avance cada x (¿?) tiempo, cuando raramente nos sentimos fuertes como para girarnos y sostener la mirada masculina que piensa, que pensaba, que seguirá pensando sin ni siquiera ser consciente de ello, quizás cuando ya me haya ido: - “Qué guapa, qué fea, qué gorda, qué flaca”- siempre con la razón de su parte, sólo sorprendiéndose un poco del raro desafío, pero aún sin inmutarse ni enrojecer de vergüenza. Como la existencia, la vergüenza también la vivimos nosotras de forma ajena.

Cierro los ojos y me repito: “soy un hombre, soy un hombre, soy un hombre…”  y ya no soy una mujer. Se produce una magia.Ya no siento anhelo de amor, ya no tengo que ser una madre ni una puta, ni una puta enfermera. Tampoco tengo que encontrar a nadie para cuidar a mi omnisciente no nato perdiendo en esa eterna búsqueda, en esa condena, el precioso tiempo de mis magníficas no realizaciones.
Pienso que soy un hombre y entonces somos sólo yo y mi existencia. Soy libre, libre… salgo volando… y soy todo amor, porque anhelo beber los vientos.

terça-feira, 18 de dezembro de 2012

Microconvivencias no tren.



Nos asientos de atrás hai unha nai e unha nena, unha omnipotente e unha ninfa, unha madrastra e unha cenicienta.
A nai é ríxida como unha vela. É nova, leva unhas gafas grandes moi modernas, un ordenador e uns papeles que parecen cousa difícil.
A nena non fai nada. Está diseñada á súa imaxe: vestidos de dibuxiños, diademas que lle disciplinan o perfecto peinado.
Non sei qué cousa terrible terá feito para que a madrastra a ameace con deixala na próxima estación. “levanta los pies!, levanta los pies! (pffff…) levanta los pies!” (que non se acomodan, non hai maneira, a ese ángulo). Aprétalle a manta en pliegues perfectos contra o seu corpo pequeniño. Non moverá un dedo ata mañá pola mañá. O revisor pasa e lle dice “non sei qué”. “Lo ves?” incrèpalle a nai ainda en presenza da autoridade (ainda peor!!) [qué raio de alianza é esa?, malditxs!].
Se foras capaz de repoñerte de todo ese rigor na túa contra … en dez anos deséxote que non afogues a risa coas mans, que bailes sen reparar nas miradas, que fales alto, forte e que ames con alegría e non con esmero. En dez anos… feliz rebelión, pequena.

domingo, 9 de dezembro de 2012

De momentos sibaritas en estos tiempos que corroen



Menú del día para un domingo: huevos fritos con pimientos y patatas, y de postre, qué hay de postre?... Abro la nevera y allí están, dos plátanos aburridos y feos que me amenazan con acabar de corromperse hoy mismo si no me los como ya.
Vamos a ver qué se puede hacer con esto, Elo. Pon los recuerdos a funcionar...
                   
Allá en la época de felices vivencias despreocupadas de Poeta Cabanyes, Olaya Sandoval nos enseñaba “ás noias”  todo tipo de recursos culinarios, entre ellos, el batido para plátanos ya poco ufanos: un poco de leche, plátanos adentro y aliento azucarado de vainilla. Batidora a filispín, y para rematar, un sssssusssssurro de canela.
Tanto el resultado como la presentación son sorprendentes. Sólo Olaya podía elevar unos plátanos marchitos a la categoría de golosina.
Pero el sibaritismo no es una comida, ni siquiera un postre, es una actitud aprendida (en Francia, bien sûre). Antes de introducir la cuchara en la canela que graciosamente se resiste a desaparecer entre la leche aplatanada, cojan una onza de chocolate. Sólo una, porque el placer reside en saber que se disfrutará sólo unos segundos… o hasta donde se quiera prolongar la dulce agonía. Y lo que hagan con la onza de chocolate, ya es cosa suya y de su imaginación.
Gracias maestra Olaya, por estos gozos. 

Aquí mi delito, recién nutrido.

sexta-feira, 23 de novembro de 2012

Ação PoÉ(Li)tica de espelhos



Olhou como desci os degraus.
Eu voltava para a era do Hades, sorrindo.
Ele, para a primavera,
mais por alguns momentos fomos um só povo alegre.




quinta-feira, 15 de novembro de 2012

Sobre mi experiencia en La Zarzuela



Sofía apoyaba con abulia sus reales nalgas en el respaldo de la silla, que milagrosamente no cedía ante su peso pluma. Me miraba con confianza y agrado, como si estuviera acostumbrada a esa clase de audiencias oníricas – siempre tan profesional-.
-         Sí – (con naturalidad y tono familiar)- allí en Citroën todavía tienen mi contrato y el de mi prima, de cuando trabajábamos en la cadena de montaje, durante la República.
-         Claro- respondía yo seducida por las batallas de esa especie de tía Sofía- querrán conservarlos, son documentos históricos, una curiosidad…
De repente suena una campanilla, aquella que se supone que nos despierta definitivamente del absurdo. No; en palacio las campanillas de plata anuncian la hora de la merienda.
Al instante, una cohorte ruidosísima de infantes invade la estancia “como debieron haber hecho en su día Las Meninas en el cuadro” – razono-.
No tardan ni tres segundos en tomar posición alrededor de la mesa de madera, barnizada y con ribetes en las patas estilo años setenta.
La mesa se llena de dulces. El bizcocho de chocolate es la estrella. Se riega bien con el Oporto. Nadie, entonces, repara en la intrusa: - “que se sirva, si quiere”- sé que piensan , sin ni siquiera llegar a pensarlo, egocéntricos como son los niños-.
A la intrusa, que vacila, que no ha decidido aún si el participar del banquete real contradice sus principios republicanos, la sirven y calla. “Ante todo educada”- y piensa en su madre. Come la mitad y deja la otra mitad para la tía Sofía que se acaba su plato.
Nada es confuso, secuencia tras secuencia transcurre la escena. Los personajes son nítidos, sus caras, sus personalidades, sus palabras están magníficamente perfiladas, como si fueran reales, como si las hubiera visto el día anterior... alguien que he cruzado en un semáforo, quizás... un niño de la guardería de al lado de casa…
El personaje estrella irrumpe en la sala. Lleva una camisa de rallas verticales de colores, pantalones sucios, pelo largo, rizo, oscuro, gafas redondas, acento italiano, ademán francés. Muy atractivo.
-         El artista de la Corte, el que hace los retratos- me dice alguien, o deduzco yo.
-         Claro, el jipi al que se consienten todas las excentricidades a cambio del servicio: el exotismo del pobre en el ambiente refinado-
El artista es un caradura que se desenvuelve como pez en el agua en la posición que le ha otorgado la buena ventura y que él vive, ingenuo, pobrecillo, como si fuese perpetua. Yo sé que no. Eres como yo. No perteneces. Caerás del árbol pero aún no lo sabes, y toda esa seguridad, por desgracia, caerá contigo. Te lo pienso sin acritud, sin odio, sin envidia. Te lo pienso y no te lo advierto porque no querrías entenderlo. Nos encontraremos fuera de palacio un día, y entonces, me lo dirás tú mismo.

De la juerga me despierta un terrible dolor de cabeza. El Oporto me deja fuera de juego durante casi todo el día de huelga general.
La noche anterior, antes de acostarme, leía este artículo genial, que se coló definitivamente en mi cama.